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El arte y el individuo según el sistema

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La mayoría de nosotros tenemos una visión distorsionada de lo que son el lujo y la riqueza. De lo que es una auténtica joya o de lo que es un tesoro verdadero. La mayoría de la gente se deja deslumbrar por el tenue brillo de un diamante o por el resplandor dorado de un metal considerado precioso.

Sin embargo, seguimos ciegos ante los tesoros, lujos y riquezas que realmente poseemos. Y llegados aquí, todos deberíamos preguntarnos… ¿qué es la auténtica riqueza y el verdadero lujo?

Venimos al mundo con tres propiedades de un valor incalculable; y su valor es incalculable, porque simplemente, no se pueden comprar ni con todo el dinero del mundo: nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro tiempo de vida. Todos disponemos de esas 3 únicas propiedades reales, con independencia de nuestra identidad, características o lugar de nacimiento. Sin embargo, y a pesar de que todos disponemos de estas 3 propiedades, no todos somos igual de afortunados. Hay personas que nacen, literalmente, ricas; y no, no estamos hablando de personas con dinero o estatus social. Hay personas que nacen ricas porque vienen al mundo albergando una propiedad adicional que las distingue de las demás, que las eleva por encima de la media y que les da un sentido especial a sus existencias.

Estamos hablando de individuos que nacen con talentos o capacidades especiales, de tipo intelectual, creativo, artístico, físico o espiritual. Un tesoro con un valor intrínseco incalculable e intransferible, que no se puede construir, imitar, fabricar o comprar ni con todo el oro del planeta. Porque, al fin y al cabo, cualquiera de nosotros, sea quien sea, puede acabar poseyendo un diamante, un yate o una mansión si se dan las circunstancias adecuadas.

Pero lo que jamás nos inculca la sociedad, es que cuando alguien nace con un talento o con una capacidad especial que le distingue, es rico de verdad, porque nace disponiendo de un lujo que el universo solo otorga a unos pocos privilegiados. Hay gente que nace con una capacidad extraordinaria para amar, para empatizar, para superarse a sí misma, para conectar con los demás; gente con un carisma especial, con una belleza física natural, o con un encanto único que no se puede aprender; gente dotada de un intelecto superior o de una capacidad inmensa para razonar, analizar o comprender la esencia de las cosas; gente bendecida con talentos creativos y artísticos inimitables; gente caracterizada por sus capacidades físicas únicas e incluso, gente que nace con un talento especial para hacer el mal o causar daño o sufrimiento a los demás.

Sí, habrá quien diga que todos somos ricos, en mayor o menor medida. Que todos tenemos capacidades únicas, manifestadas de mil y una maneras. Pero no nos engañemos, por más que todos dispongamos de nuestras pequeñas riquezas, de nuestras pequeñas perlas ocultas y por más que podamos desarrollarlas o pulirlas con estudio, esfuerzo y dedicación, la cruda realidad es que hay gente que llega al mundo tocada con una especie de varita mágica.

Algunos venimos al mundo con una humilde pepita de oro y otros llegan al mundo con un diamante de 500 quilates, que solo necesita ser pulido. Y comprender que esa es la auténtica expresión del lujo y la riqueza, es esencial para cambiar nuestro mundo. Las personas que nacen con alguno de estos talentos o capacidades, deberían ser muy conscientes de que han nacido ricos.

Desde pequeños, la sociedad debería ayudarles a tomar conciencia de que la naturaleza les ha bendecido con un tesoro que deben cuidar con el máximo esmero y que el mérito de haber nacido con esa fortuna, sin embargo, no es suyo en absoluto. Y una vez fueran conscientes de esta realidad, entonces deberían tomar conciencia de la gran responsabilidad que recae sobre sus espaldas; una responsabilidad mayor a la del resto de individuos.

Porque cuando alguien posee una fortuna, sobre sus espaldas recae una mayor responsabilidad social que sobre aquél que no tiene nada o posee muy poco. Es lo que ocurre con cualquier multimillonario en nuestra sociedad. Cuando eres rico y posees un gran capital, dispones también de un gran poder y debes saber muy bien en qué lo vas a invertir o qué empleo harás de él. Tienes una responsabilidad mucho mayor a la cualquier otra persona, porque el uso que hagas de tu fortuna, puede cambiar muchas cosas, para bien o para mal. Puedes cambiar la vida de los demás, alterar muchas dinámicas y equilibrios o transformar muchas situaciones.

Puedes malgastar tu fortuna en lujos absurdos o en negocios sucios y corruptos para multiplicar tus riquezas, aunque ello implique hacer daño a otras personas; o puedes invertir esa riqueza en ayudar a los demás, en generar progreso o en contribuir a crear un mundo mejor.

Pues bien, las personas bendecidas con un don especial, están en una situación análoga. Una persona que viene al mundo con un talento único y que por lo tanto es rica desde que nace, debe ser muy consciente de que tiene una responsabilidad superior al resto; debe tomar plena conciencia de que su don tiene la capacidad de alterar el transcurrir del mundo y de cambiar la vida de otra gente.

Sin embargo, el Sistema se ha encargado de que ninguno de estos individuos especiales tome conciencia de esta enorme responsabilidad. Y de la misma manera, el Sistema se ha encargado de que las demás personas que los rodean, tampoco sean capaces de valorar de la forma adecuada el tesoro que esos privilegiados poseen.

En las escuelas no se hace ningún esfuerzo por detectar a esas personas dotadas de dones especiales, ni se trabaja para alimentar sus impulsos naturales y hacerles ver que disponen de una riqueza única que deben cuidar y respetar por encima de todo. Bien al contrario, se hacen esfuerzos constantes por castrar los impulsos naturales de cada uno y tratar de uniformizar a esos individuos especialmente dotados, llegando, a veces, a hacerlos sentir culpables por ser especiales y tener impulsos diferentes a los de los demás.

Desde niños, nos educan para que anhelemos y adoremos elementos vacíos: estatus social, fama, dinero y todo tipo de objetos diversos cuyo valor depende exclusivamente del valor que nosotros decidamos darles. Los dones y talentos son tratados casi como fenómenos curiosos, como anomalías casuales que se manifiestan aleatoriamente entre la población humana, como lo es una deformidad o una enfermedad extraña, y que deben ser debidamente instrumentalizadas para conseguir con ellas dinero, éxito, fama o estatus social.

Si, por ejemplo, un joven sabe cantar muy bien, sus papás o abuelos le dirán: “tú puedes llegar a ser un gran cantante”. Pero seamos sinceros: la expresión “gran cantante” en boca de los progenitores, no hace referencia a sus dotes artísticas intrínsecas, sino al éxito social asociado a esas dotes artísticas y a su traducción en fama y dinero.

Cuando unos padres dicen “serás un gran cantante”, no sueñan con ver a su hijo interpretando canciones maravillosas que generen emociones inolvidables en los demás; lo imaginan en un gran teatro o en una sala de conciertos abarrotada, o apareciendo entre ovaciones en algún concurso de talentos televisivo, copando portadas de revistas, rodeado por el éxito y la fama.

Con ello le inoculan al niño el mismo concepto con el que ellos mismos han sido programados desde pequeños: prostituir sus dones y capacidades de valor incalculable para conseguir algo vacío de sentido y valor, como son la fama o el dinero.

Y es que solo a través de esta prostitución del talento, la sociedad te llega a etiquetar como un “triunfador”.

Hablemos sobre el arte…

Pongamos un ejemplo: el arte. En nuestra sociedad, el objetivo final de un artista no parece ser crear belleza siguiendo sus propios impulsos, sino tener éxito comercial o ser famoso y célebre. Los artistas y los creadores, se acaban midiendo finalmente por su éxito y por su celebridad. En el fondo, un músico es respetado y valorado a nivel social, no por la belleza intrínseca de sus creaciones o interpretaciones, sino por los discos que consigue vender o por la gente que consigue atraer a sus conciertos.

Cualquier expresión artística en el mundo actual, acaba siendo valorada mayoritariamente por el dinero que genera o por la fama que reporta. Y todos hemos aceptado esa relación absurda, impuesta por la sociedad, como si fuera la cosa más natural del mundo, cuando en realidad no tiene el más mínimo sentido lógico. Quizás el problema fundamental radica en nuestra definición de lo que es el arte.

Así pues, Wikipedia define el arte de la siguiente manera: “El arte (del latín ars, artis, y este del griego téchn) es entendido generalmente como cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con una finalidad estética y también comunicativa, mediante la cual se expresan ideas, emociones o, en general, una visión del mundo, a través de diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros, corporales y mixtos. El arte es un componente de la cultura, reflejando en su concepción los sustratos económicos y sociales, y la transmisión de ideas y valores, inherentes a cualquier cultura humana a lo largo del espacio y el tiempo”.

Esta definición del arte, aunque es de lo más lógica, acaba teniendo graves consecuencias para el libre desarrollo de los individuos. Desde nuestro ángulo, el arte debería ser definido de otra manera. Debería haber una diferenciación entre lo que cada individuo considere “arte” a través de su propia sensibilidad y lo que la sociedad considere “expresión artística”.

La “expresión artística” coincidiría con la definición expuesta anteriormente y sería toda aquella actividad susceptible de llegar a ser considerada “arte” por un individuo concreto. Y es que el arte debería estar íntimamente ligado con el concepto de individualidad. El arte no debería poder medirse, ni parametrizarse de ninguna manera. El arte solo puede sentirse. Y sentir, es algo que solo puede producirse a nivel individual y no a nivel social.

Por más que se empeñe en hacerlo, la sociedad no puede obligarnos a sentir emociones ante una obra artística. Una obra concreta de un artista cualquiera, puede tener un valor inmenso para un individuo porque le despierte sensaciones, emociones o sentimientos profundos, y ningún valor para otro, al cual esa obra “no le diga nada”.

Pregunta… ¿cuántas veces hemos visto un famoso lienzo de un artista célebre que nos deja absolutamente fríos y que apenas nos produce la más mínima emoción? Quizá por ese cuadro se pague una millonada en una subasta, pero para algunos, no tendrá más valor que el dibujo lleno de manchones que ha hecho el hijo de nuestro vecino.

Por esa razón, valorar una obra de arte por el número de personas a las que gusta o por la cantidad de dinero que paga por ella un especulador lunático, es tan absurdo como valorar a un ser humano por la cantidad de gente que le conoce. La “magia del arte” aparece en el momento en el que se generan emociones. Y poco importa si esas emociones se despiertan en una sola persona o en 100,000.

Hemos sido educados para que valoremos las obras artísticas mediante criterios que nada tienen que ver con los que nosotros sentimos como individuos. Por ejemplo, nos han hecho confundir el valor artístico-emocional de una obra, con el valor histórico que puede tener esa obra, cuando una cosa y otra no tienen nada que ver. Una obra de Andy Warhol o de Picasso, pueden tener un inmenso valor histórico por su influencia en el desarrollo de las corrientes artísticas, pero poco valor artístico-emocional para alguien concreto a quien no le dicen nada de nada.

El sistema nos induce a confundir el valor histórico de una obra, que proviene de una convención social de carácter académico, con su valor artístico-emocional, que proviene de la sensibilidad de cada individuo en concreto ante dicha obra.

El valor histórico de una obra se puede discutir y acordar a nivel social. Una lata de sopa Campbell pintada por Andy Warhol, puede tener un alto valor histórico porque todos hemos acordado que tiene una gran influencia en el desarrollo de las corrientes artísticas como salto conceptual.

Pero si a usted la lata de Warhol le emociona tan poco como las latas de chiles que ve en el supermercado, usted debería tener el derecho a no considerarlo más “arte” que el diseño de un simple envase.

En definitiva, el arte solo debería ser considerado “arte” cuando produce un efecto concreto sobre un individuo y eso solo puede valorarlo el individuo en cuestión y no una fría convención social acordada por personas desconocidas.

Sin embargo, el sistema lucha incansablemente para que los individuos neguemos nuestra propia sensibilidad y nuestra propia capacidad de juicio y la sustituyamos por sistemas de valores externos. La sociedad nos dicta que debemos ver la lata de sopa de Warhol o los cuadros cubistas de Picasso como importantísimas obras de arte a las que debemos responder con un “guauu” de admiración de forma obligatoria y pretende que nos sintamos como unos vulgares ignorantes si no las valoramos exactamente como nos han dicho que debemos valorarlas. Es pura programación mental.

Con este mecanismo perverso, el Sistema intenta destruir nuestra sensibilidad individual negándole el valor, para que la sustituyamos sumisamente por una programación externa “uniformizadora”. Es cierto que todos deberíamos conocer el valor histórico de cualquier obra, la influencia que esa obra ha tenido en la evolución artística e intelectual del mundo y el gran mérito del artista cuando se ha atrevido a explorar nuevos conceptos, lenguajes o métodos de expresión.

Pero al mismo tiempo, todos deberíamos poder decir, sin complejos, que una obra no nos dice nada de nada y que para nosotros no tiene ningún valor artístico-emocional, porque no conecta con nosotros. Así se trate de los mismísimos Warhol, Picasso, Kandinsky, etc.

Obviamente, nuestro ángulo establece una redefinición del concepto de arte que entra en contradicción con la definición comúnmente aceptada y muchos la considerarán una divagación absurda, posiblemente con mucha razón. Además, debemos reconocer que la definición “oficial” de arte, está llena de ventajas. Entre otras, ha permitido que cualquier baboso pueda colgar un inodoro en una pared y eso sea considerado “arte”.

Por esa razón nos hemos atrevido a criticar la definición de arte que impera en el mundo actual. Porque a base de crear definiciones frías y distanciadas de la sensibilidad individual sobre lo que es el arte, se ha permitido que todo tipo de mediocres generen ingentes cantidades de basura y que con ellas se llenen museos. Cualquiera de nosotros podría acercarse a un museo de arte contemporáneo y colgar su ropa interior sucia en la pared: sus calcetines o calzones y nadie notaría la diferencia.

Esta discusión sobre el arte, aunque tangencialmente, nos sirve para poner de manifiesto cómo el sistema consigue prostituir elementos de valor incalculable para que los cambiemos por elementos vacíos, cuyo valor procede de una mera convención social. Y como siempre, el Sistema lo hace a través de la negación del individuo y de su capacidad de juicio.

En el ejemplo del arte, el Sistema niega la capacidad del individuo de valorar libremente lo que es arte y lo que no lo es; en su lugar, es la sociedad la que decide por nosotros lo que es arte y lo que no mediante una definición vaga, y nos obliga a obedecer dicha definición de arte como si fuera una verdad absoluta e indiscutible, negando nuestra propia sensibilidad, que es lo que debería imperar.

De la misma forma, el Sistema niega los dones y talentos de los individuos, impidiendo que puedan tomar conciencia del valor incalculable que tienen y del tesoro que representan. Y una vez negado su valor intrínseco e innegociable, los individuos son programados para prostituir sus talentos y capacidades en pos de elementos vacíos generados por el propio Sistema, como son el dinero, la fama, o el prestigio social.

La gente que nace con un don o con un talento especial, nace para desarrollarlos plenamente, de la misma forma que nacemos con piernas para andar y con ojos para mirar. Además, la mayoría de veces, esos dones vienen acompañados de un impulso irrefrenable por desarrollarlos; por esa razón, cuando alguien intenta negar dichos impulsos naturales en un niño, está cometiendo un auténtico crimen. Es como si le estuviera rompiendo las piernas para que no pudiera andar.

Así pues, los mecanismos uniformizadores del Sistema tienen precisamente esa función: entorpecer el pleno desarrollo de aquellos individuos que podrían inspirar al desarrollo individual de los demás. Y lo hacen porque cada expresión de desarrollo individual libre, representa un peligro mortal para la pervivencia del Sistema. Cada día que pasa, y por culpa de los mecanismos de uniformización del Sistema, la humanidad pierde una enorme cantidad de oportunidades de progreso y mejora; una inmensa cantidad de riqueza que tiramos a la basura a cambio de nada.

Buscar, descubrir y ayudar a progresar a las personas dotadas de talentos especiales, debería ser una de nuestras prioridades como especie, es algo que debería formar parte de nuestro proyecto común, pues está íntimamente relacionado con nuestra evolución como seres humanos; jamás deberíamos permitir que estos tesoros que nos otorga la naturaleza en forma de talento repartido aleatoriamente entre los miembros de nuestra especie, se perdieran sin ver la luz.

Lamentablemente, nunca sabremos la cantidad de grandes artistas, intelectuales, inventores o investigadores que el mundo ha perdido por culpa de maestros mediocres que solo piensan en cumplir con un programa educativo o de padres que no ven más allá de sus narices y solo esperan que sus hijos encuentren un “buen empleo” con el que cumplir con ese trámite legal llamado vivir.

Enormes cantidades de individuos con talentos únicos han sido programados por el Sistema para negarse a sí mismos y convertirse en meras sombras de lo que podrían haber llegado a ser.

Tristemente, ese es nuestro mundo, uno que podríamos cambiar en cualquier momento si en verdad lo quisiéramos. Pero ahí está el detalle… ¿estamos dispuestos a hacerlo?

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Y recuerda… «No asumas NADA, cuestiona TODO».

Redacción Anwo.life

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Actualidad

Calentamiento global S.A.: cómo lucrar con el fin del mundo

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El calentamiento global se transformó en el miedo universal del siglo XXI. No importa dónde vivas, qué idioma hables o a qué partido político sigas: la narrativa es la misma —“la Tierra está en peligro y tú eres el culpable”.

La estrategia psicológica

Este discurso no es nuevo: en la historia se ha usado el miedo al castigo divino, el miedo al comunismo, el miedo al terrorismo… Hoy, el miedo climático cumple la misma función.
El ciudadano común se siente responsable de sequías, huracanes y derretimiento de glaciares, aunque en realidad su huella sea insignificante frente a la de corporaciones, ejércitos y grandes industrias.
El truco consiste en internalizar la culpa: hacer que la gente piense que por usar popote o no reciclar está condenando al planeta entero.

Del miedo al consumo

Cuando el miedo ya está instalado, se ofrece la redención.

  • ¿Sientes culpa por contaminar? Compra bolsas de tela.
  • ¿Temes al plástico? Compra botellas “biodegradables”.
  • ¿Quieres salvar al planeta? Paga más por un empaque eco-friendly.

Se crea así un mercado de la conciencia tranquila, donde los productos no se venden por lo que son, sino por el alivio moral que generan.

Impacto real vs. impacto comercial

El problema es que muchas de estas soluciones son más marketing que ecología:

  • Un popote de metal requiere tanta energía en su producción que necesita cientos de usos para compensar un popote de plástico.
  • Los plásticos “biodegradables” se degradan solo en plantas industriales, no en tiraderos comunes.
  • La ropa reciclada muchas veces es solo una mezcla mínima de fibras plásticas, pero se vende a precio premium.

En otras palabras: el planeta sigue ardiendo, pero el negocio crece. El miedo no se resuelve, se administra como un recurso renovable para mantener el consumo constante.

El caso del “popote”

En 2018, millones de personas alrededor del mundo se convencieron de que el popote de plástico era el gran enemigo del planeta. Campañas virales, fotos de tortugas con popotes en la nariz, videos desgarradores.
El mensaje fue claro: si usas popote, destruyes la vida marina.

¿Resultado? Gobiernos prohibieron los popotes, restaurantes los retiraron y las marcas aprovecharon la ola para vender popotes metálicos, de bambú o de vidrio a precios mucho más altos.

El detalle: los popotes representan menos del 0.025% del plástico en los océanos. La mayor parte proviene de redes de pesca, transporte marítimo y basura industrial. Pero esos sectores no se tocan porque son negocios intocables.

En otras palabras, se trasladó la culpa al consumidor común y se creó un mercado millonario de popotes alternativos, mientras el problema real quedó intacto.

La moda “verde” corporativa

Algo similar ocurre con las grandes marcas de bebidas y comida rápida:

Las compañías de ropa producen “colecciones recicladas” que representan apenas un porcentaje mínimo de su producción total, pero sirven para construir imagen y subir precios.

Sacan botellas con 30% de plástico reciclado y las venden como revolución sustentable.

Lanzan ediciones limitadas “eco” que cuestan más, aunque la producción global siga siendo igual de contaminante.

El miedo climático funciona como un producto en sí mismo: se vende la idea de que el consumidor individual puede salvar al planeta con compras simbólicas, mientras los verdaderos responsables mantienen intactas sus prácticas.


Al final, lo que menos cambia es el planeta… lo que más crece son los márgenes de ganancia.

Los nuevos gigantes verdes

Si el miedo es el producto, los gigantes corporativos son los que monopolizan la venta de la salvación. En nombre del calentamiento global, las grandes empresas han encontrado la forma de presentarse como héroes del planeta, al tiempo que crean nuevos imperios económicos.

Autos eléctricos: la promesa de “cero emisiones”

El auto eléctrico es el símbolo máximo de la transición verde. Se vende como “cero emisiones”, pero detrás de esa imagen hay una realidad mucho menos limpia:

  • La extracción de litio, cobalto y níquel para baterías destruye ecosistemas completos y deja comunidades enteras sin agua.
  • La mayor parte de la electricidad que los recarga proviene todavía de carbón, gas o petróleo.
  • Las baterías usadas generan un nuevo problema de desechos tóxicos para el que aún no existe solución global.

Aun así, gobiernos de todo el mundo subsidian su compra, beneficiando principalmente a las grandes automotrices. No es salvar el planeta, es crear un nuevo mercado cautivo.

Créditos de carbono: contaminar pagando

Los llamados “créditos de carbono” son la genialidad del capitalismo verde: una empresa altamente contaminante puede seguir emitiendo CO₂ siempre que pague por proyectos compensatorios, como plantar árboles o financiar energías renovables en otro país.
El resultado:

  • Empresas siguen contaminando igual.
  • Los gobiernos presumen reducciones en papel.
  • Se abre un mercado especulativo de bonos y certificados que se comercian como acciones en Wall Street.

En otras palabras, se convirtió en un negocio global donde contaminar es legal si pagas lo suficiente.

Energías renovables: sol y viento… con dueño

La transición energética es otra bandera verde. Paneles solares y aerogeneradores se presentan como la panacea, pero:

  • Los megaproyectos solares y eólicos requieren miles de hectáreas, muchas veces en tierras comunales o ejidales, donde las comunidades terminan desplazadas.
  • Los beneficios económicos se concentran en grandes corporaciones extranjeras, no en los habitantes locales.
  • La fabricación de paneles solares y turbinas también depende de materiales que contaminan en su extracción.

Así, el “futuro limpio” tiene dueño y factura miles de millones, aunque la justicia ambiental sea mínima.


Los gigantes verdes no están resolviendo el problema, lo están reconfigurando en un mercado global. Cada solución se convierte en un producto, cada producto en un negocio, y cada negocio en una oportunidad de control. El planeta arde, pero los nuevos titanes verdes no buscan apagar el fuego: buscan vendernos el extinguidor.

Fondos, subsidios e impuestos “verdes”

La industria del calentamiento global no solo se sostiene con productos de consumo masivo, sino con un andamiaje financiero y político que asegura flujos de dinero constantes. Es el negocio institucionalizado: gobiernos que subsidian, bancos que invierten y ciudadanos que pagan.

Fondos verdes: trillones en juego

El cambio climático abrió una de las mayores oportunidades de inversión del siglo XXI: los bonos climáticos y los fondos de inversión verdes.

  • Según la Climate Bonds Initiative, el mercado de bonos verdes supera ya los 2.5 billones de dólares a nivel global.
  • Empresas y gobiernos los emiten para financiar proyectos supuestamente sustentables, pero muchas veces los fondos acaban en megaproyectos polémicos (presas, parques eólicos, minería “verde”).
  • Al final, Wall Street y los bancos internacionales encuentran en el “planeta en peligro” un motor financiero estable y de largo plazo.

Subsidios estatales: el dinero público al rescate

Los gobiernos destinan miles de millones en subsidios y estímulos fiscales para las llamadas “tecnologías limpias”:

  • Compra de autos eléctricos.
  • Instalación de paneles solares.
  • Incentivos fiscales a corporaciones energéticas.

El problema: gran parte de estos beneficios no llegan al ciudadano común, sino a empresas que ya son gigantescas. Tesla, por ejemplo, construyó su imperio inicial gracias a subsidios estatales en EE. UU. y China. Lo que parece política ambiental es en realidad transferencia de riqueza pública hacia corporaciones privadas.

Impuestos verdes: la carga al consumidor

Bajo el argumento de “cuidar el planeta”, se han creado nuevas figuras fiscales:

  • Impuestos al carbono en combustibles y transporte.
  • Cobros extra por empaques no reciclables.
  • Tarifas ambientales en turismo y aviación.

En la práctica, estas medidas no modifican las prácticas de los grandes contaminadores, pero sí encarecen la vida cotidiana del ciudadano. El consumidor paga más por productos “eco” mientras las corporaciones continúan operando sin cambios estructurales.


Los fondos, subsidios e impuestos “verdes” son la columna vertebral de la industria del calentamiento global. Se presenta como política ambiental, pero es en realidad un sistema financiero paralelo que canaliza dinero público y privado hacia quienes han sabido monetizar el miedo climático. El planeta sigue esperando resultados; los balances contables, en cambio, no paran de crecer.

Lo que queda fuera del discurso

En cada cumbre internacional, en cada campaña oficial y en cada reportaje sobre el calentamiento global, hay grandes ausentes. Son sectores tan poderosos que se mantienen fuera del radar mediático y político, aunque sean responsables de una parte sustancial de las emisiones globales.

El transporte marítimo y aéreo: la excepción invisible

  • El transporte marítimo internacional mueve más del 80% del comercio mundial y es responsable de cerca del 3% de las emisiones globales de CO₂, lo mismo que un país entero como Alemania.
  • La aviación comercial, con millones de vuelos al año, representa casi otro 2.5% de las emisiones globales.
  • Sin embargo, en los acuerdos climáticos internacionales, estos sectores aparecen apenas con compromisos voluntarios, sin regulaciones estrictas ni impuestos proporcionales.

El mensaje es claro: puedes multar al ciudadano por usar bolsas de plástico, pero no tocas al buque carguero que trae 10 mil contenedores de China.

La industria militar: el intocable mayor contaminado

El ejército de EE. UU. es considerado el mayor consumidor institucional de petróleo en el mundo. Su gasto energético supera al de países enteros.

  • Aviones de combate, tanques, portaaviones y bases militares generan una huella de carbono monumental.
  • Aun así, la industria militar queda fuera de las negociaciones climáticas internacionales: no aparece en los compromisos de reducción de emisiones ni en los informes globales.

En otras palabras: se puede culpar al ciudadano por usar un auto viejo, pero los ejércitos pueden seguir contaminando sin que nadie los cuestione.

Las corporaciones que se “pintan de verde

Grandes compañías de petróleo, gas y minería lanzan campañas millonarias para mostrar su compromiso ambiental. Pero:

  • Siguen expandiendo proyectos de extracción.
  • Financian investigaciones y ONGs que suavizan su imagen.
  • Pagan bonos de carbono para legitimarse como “net zero” sin modificar su modelo de negocios.

Es un lavado verde de imagen: contaminan a gran escala mientras trasladan la culpa y el costo al consumidor común.


El discurso climático oficial está diseñado para señalar lo que conviene y silenciar lo que amenaza al negocio. Los sectores más poderosos —transporte global, industria militar y megacorporaciones— permanecen intocables.


La narrativa del calentamiento global no es solo ciencia: es también un guion político y económico donde los verdaderos responsables nunca aparecen en escena.

Salvar al planeta o salvar bolsillos

El calentamiento global existe y es un fenómeno real, pero su gestión se ha convertido en un negocio multimillonario disfrazado de salvación ambiental. La confusión intencional entre cambio climático (natural) y calentamiento global (atribuido al humano) ha permitido construir un guion político y económico que funciona con tres pasos muy claros:

  1. Instalar el miedo: el mundo se va a acabar.
  2. Culpabilizar al ciudadano: tu consumo, tus bolsas, tus popotes.
  3. Ofrecer la redención: compra productos verdes, paga impuestos, acepta subsidios que terminan en manos corporativas.

El resultado es un sistema perfecto de transferencia de riqueza:

  • Gobiernos que recaudan nuevos impuestos ambientales.
  • Corporaciones que facturan con el sello “eco”.
  • Bancos que especulan con bonos climáticos.
  • Y ciudadanos que pagan más caro por todo mientras el planeta sigue en crisis.

La gran ironía es que lo único verdaderamente sustentable es el negocio mismo, no el futuro de la Tierra. El discurso ambiental se convierte en un escaparate de marketing donde lo verde no significa limpio, sino rentable.


Calentamiento global S.A.” no es solo un juego de palabras: es la realidad. Una industria que lucra con el miedo, que convierte la culpa en dinero y que asegura que, aunque el planeta siga ardiendo, sus bolsillos nunca dejen de crecer.

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Editorial

¿Está el Ejército Mexicano preparándose para una intervención extranjera?

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invasion México
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Por: Andrew Garza

En los últimos meses han comenzado a circular rumores inquietantes: ejercicios militares atípicos, discursos nuevos desde la Sedena, análisis de inteligencia informal y voces desde dentro del propio ejército que advierten que México podría estar anticipando una posible intervención extranjera.

¿Se trata solo de paranoia alimentada por redes sociales? ¿O realmente hay señales que apuntan a un giro defensivo en la doctrina militar del país?

Esta es la pregunta que hoy nos toca plantear. Porque, aunque no haya tanques en las calles ni declaraciones oficiales de guerra, algo está cambiando en el discurso, en la forma y en el fondo del aparato militar mexicano.

1. Señales que encienden las alertas

Cambios en ejercicios militares

De acuerdo con observadores y veteranos, algunas unidades del Ejército Mexicano han comenzado a realizar maniobras con lógica de defensa territorial, no solo combate urbano contra el crimen organizado. Estas prácticas incluyen:

  • Simulación de control de rutas estratégicas y zonas fronterizas.
  • Respuesta rápida a inserciones externas.
  • Uso de armamento pesado y artillería de campaña fuera del contexto de desastres naturales.

Aunque no hay comunicados oficiales que lo confirmen, se trata de un patrón que rompe con la rutina tradicional de los planes DN-II y DN-III, enfocados en seguridad interior y atención a desastres.

Un nuevo discurso desde la Sedena

La narrativa institucional también ha cambiado sutilmente. Donde antes se hablaba de “apoyo a la población” y “seguridad pública”, ahora se comienza a escuchar:

  • “Defensa de la soberanía”,
  • “Protección de fronteras” y
  • “Preparación ante amenazas externas”.

Estas frases no son casuales. Denotan un desplazamiento simbólico hacia una visión más geopolítica del rol de las Fuerzas Armadas.

Rumores dentro del Ejército

Algunos analistas que mantienen contacto con personal activo reportan comentarios discretos entre mandos medios y altos, quienes:

  • Aseguran estar recibiendo instrucciones más orientadas a escenarios de conflicto externo.
  • Advierten sobre ejercicios que incluyen la simulación de ingreso de tropas extranjeras.
  • Mencionan una creciente presión política para mantener “el control territorial total”.

Si bien se trata de información no confirmada, el hecho de que estos rumores circulen dentro del Ejército es ya un dato relevante.

Lo que dicen los medios alternativos

Programas como Tras las Líneas y figuras como GAFE423 han planteado con seriedad una hipótesis incómoda:

“El Ejército Mexicano se está preparando no para invadir, sino para repeler una invasión.”

En su análisis, vinculan esta postura con las declaraciones públicas de Donald Trump y legisladores republicanos que han sugerido intervenir militarmente en México para combatir a los cárteles, incluso sin autorización del gobierno mexicano.

Según estos analistas, la Sedena podría estar anticipando un escenario de intervención “quirúrgica” por parte de Estados Unidos, y estar calibrando sus capacidades para evitarlo o, al menos, dificultarlo.

2. La realidad y los límites del discurso

Doctrina legal del Ejército Mexicano

Por Constitución, las Fuerzas Armadas están diseñadas para actuar dentro del territorio nacional. El Plan DN-I —dedicado a la defensa ante agresiones externas— nunca ha sido activado en la historia reciente, y solo puede ponerse en marcha mediante declaración oficial del Senado.

No hay despliegues defensivos reales

A pesar de los rumores y el discurso, no hay evidencia visible de una movilización militar con objetivos defensivos:

  • No se han instalado cuarteles avanzados en la frontera.
  • No hay reportes de compras masivas de equipo defensivo ni despliegue aéreo estratégico.
  • Las acciones continúan concentradas en seguridad pública, migración y combate al crimen.

La postura del gobierno

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara:

“Nuestro territorio es inviolable. Nuestra soberanía es inviolable. Podemos cooperar, pero nunca aceptaremos tropas estadounidenses en nuestro suelo.”

Sedena, por su parte, mantiene el discurso de colaboración, pero también ha endurecido el tono en cuanto a soberanía y autonomía operativa.

¿Y si es solo una narrativa?

Existe también otra lectura: que todo esto no es preparación real para un conflicto armado, sino una narrativa estratégica con fines internos:

  • Justificar un mayor presupuesto militar.
  • Expandir la militarización del territorio bajo el pretexto de seguridad nacional.
  • Generar cohesión interna en el Ejército ante un escenario político volátil.

3. Entre la sospecha y la evidencia

El Ejército Mexicano no está movilizando tropas, ni hay señales claras de preparación para una guerra.

Pero sí es cierto que:

  • El discurso ha cambiado.
  • Los entrenamientos se están adaptando.
  • Circulan rumores internos sobre escenarios de conflicto externo.

¿Es paranoia o prevención? ¿Narrativa política o preparación táctica?

Por ahora, la evidencia apunta más a lo segundo. Pero cuando las Fuerzas Armadas cambian su lógica, vale la pena al menos hacerse la pregunta.

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Y recuerda… «No asumas NADA, cuestiona TODO».

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Pánico en Italia por la Subida de Precios de la Pasta: ¿Impactará en Estados Unidos?

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En Italia
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En Italia, la pasta es un asunto serio y fundamental en la vida diaria. Por lo tanto, no es sorprendente que los precios disparados de los espaguetis, fettuccinis, bucatinis y otros favoritos hayan causado pánico en Italia. Una inminente crisis de la pasta ha asustado tanto a los italianos que el gobierno ha convocado reuniones especiales para abordar el aumento de precios. Incluso los consumidores italianos enojados han llamado a una «huelga de pasta» para protestar contra los precios en aumento.

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