Estados Unidos
Veinte años de terror
Publicado
hace 5 añosel
Por
ANWO
El 11 de septiembre de 2001, yo tenía unos meses de haber salido de la universidad. Fue mi madre quien me alertó de los ataques terroristas ese día.
«Ay mijo, nos atacaron», me dijo por teléfono. No sabía de qué estaba hablando, pero esas dos palabras – «nos atacaron»– fueron lo suficientemente claras como para desencadenar una respuesta instintiva de pavor.
Después de comprobar las noticias, el temor se convirtió en un terror incipiente. Al menos en lo que a mí respecta, los terroristas habían cumplido su misión.
Entonces me invadió otra emoción. Mientras veía la nueva cobertura y una serie de funcionarios del gobierno daban anuncios, me agité. No quería escuchar a estos lacayos.
«¿Dónde está el presidente?»
Sentí que había vuelto a ser un niño asustado que ansiaba ver a su padre. Y en ese momento, George W. Bush (entre todas las personas) era mi padre.
Cuando finalmente lo vi, me sentí reconfortado. Luego el consuelo dio paso a la satisfacción cuando vi las imágenes en las que se dirigía a una multitud junto a los escombros de las torres del World Trade Center.
Después de que alguien de la multitud gritara «No se te oye», Bush gritó a través de su megáfono: «¡Yo sí los oigo! ¡El resto del mundo los oye! ¡La gente que derribó estos edificios nos oirá a todos pronto!».
No voté por él en las elecciones de 2000, pero después del 11-S, estaba en el equipo Bush. Y no fui el único. Tras los atentados del 11-S, los índices de aprobación de Bush saltaron del 51% al 90%.
Como muchos otros, apoyé las iniciativas de «seguridad nacional» de su administración. Y aunque era demasiado cobarde para arriesgar mi propia vida, estaba más que dispuesto a apoyar que otros estadounidenses se arriesgaran en Afganistán e Irak.
Reunirnos en torno al Estado de Guerra
Más tarde, me enteré que lo que experimenté el 11 de septiembre y después se llamó el «efecto de concentración alrededor de la bandera». Wikipedia lo define como «un concepto utilizado en ciencias políticas y relaciones internacionales para explicar el aumento del apoyo popular a corto plazo del gobierno de un país o de sus líderes políticos durante períodos de crisis internacional o de guerra». El concepto se asocia principalmente con el politólogo John Mueller, quien lo propuso en 1970.
Pero en 1918, Randolph Bourne se anticipó a la teoría cuando escribió que «la guerra es la salud del Estado».
En tiempos de guerra, la unidad nacional se convierte en algo primordial. Esto se debe, como explica Bourne, a que la tendencia humana «a conformarse, a unirse… es más poderosa cuando la manada se cree amenazada por un ataque. Los animales se agrupan para protegerse y los hombres son más conscientes de su colectividad ante la amenaza de guerra. La conciencia de colectividad aporta confianza y un sentimiento de fuerza masiva, que a su vez despierta la combatividad y la batalla está en marcha».
El individuo amenazado busca esta fuerza masiva a través de la devoción al Estado, que Bourne define como «…la organización de la manada para actuar ofensiva o defensivamente contra otra manada organizada de forma similar. Cuanto más aterradora sea la ocasión de defenderse, más estrecha será la organización y más coercitiva la influencia sobre cada miembro de la manada».
Para lograr la unidad, el espíritu bélico exige conformidad. De hecho, los disidentes, en contra la guerra, fueron blanco de un intenso hostigamiento tras el 11-S.
«La guerra», continuó Bourne, «envía la corriente de propósito y actividad que fluye hacia los niveles más bajos de la manada y hacia sus ramas remotas. Todas las actividades de la sociedad se vinculan lo más rápidamente posible a este propósito central de hacer una ofensiva militar o una defensa militar y el Estado se convierte en lo que en tiempos de paz ha luchado vanamente por llegar a ser: el árbitro inexorable y el determinante de los negocios y las actitudes y opiniones de los hombres».
Desde el momento en que escuché «nos atacaron», la lucha manada contra manada se convirtió en mi paradigma dominante. En las garras del terror, estaba la manada y la guerra uber alles. Me uní a la bandera, al presidente, al Estado y a la guerra. Y apoyé el empoderamiento masivo del gobierno a expensas de las libertades y los derechos humanos de los estadounidenses.
Así lo hicieron millones de otros estadounidenses y el gobierno de EE.UU. explotó ese «mandato» al máximo, librando una «Guerra Global contra el Terror« que destruyó las vidas de cientos de miles de personas en el extranjero y pisoteó las libertades de millones de personas en el país, para finalmente comenzar a concluir veinte años después en el desastre y la desgracia.
Pero el daño abarcó incluso más que eso.
La era del terror
La Guerra Global contra el Terror marcó la pauta como respuesta a las crisis durante los siguientes veinte años. Cada vez que el público se ve retraumatizado por un nuevo susto (como la crisis financiera de 2008 o la crisis del COVID que estamos viviendo ahora), responde acudiendo aterrorizado a los brazos del gobierno.
De hecho, como demostró Robert Higgs en su libro “Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government”, la historia demuestra que no es sólo la guerra lo que alimenta al Estado, sino cualquier crisis lo suficientemente grande y aterradora.
Por eso los gobiernos están tan dispuestos a instigar, exacerbar y perpetuar las guerras y las crisis.
Como escribió F.A. Hayek, «Las ‘emergencias’ siempre han sido el pretexto con el que se han erosionado las salvaguardias de la libertad individual – y una vez que se suspenden no es difícil para cualquiera que haya asumido los poderes de emergencia asegurarse de que la emergencia persista».
La emergencia COVID ha sido el pretexto para que las libertades económicas y civiles sean, no sólo erosionadas, sino barridas en masa por medidas autoritarias como los bloqueos y los mandatos de vacunación. Y una vez más, la gente se está «reuniendo en torno a la bandera» y renunciando a la libertad por la promesa de seguridad (salud pública). Y los gobiernos están haciendo todo lo posible para prolongar el estado de emergencia mediante una propaganda alarmista infundada (y a menudo desquiciada).
Gran parte de la población ha sido azotada con tal frenesí por el virus que clama para que el gobierno despliegue poderes dictatoriales aún mayores, especialmente para perseguir a los no conformistas: mediante la censura y cosas peores. La epidemia del terror está engendrando un pie de guerra hacia los compatriotas. Muchos están llegando a ver a «los no vacunados» como una población enemiga que debe ser relegada al estatus de ciudadanos de segunda clase y desterrada en gran medida de la sociedad con el fin de coaccionarlos para que se conformen. Esta odiosa orientación ha sido incluso explícitamente incitada por la retórica divisiva del presidente Biden.
La crisis es la salud del Leviatán. Y la guerra es la salud del Estado.
Romper el ciclo
Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron actos de una maldad indescriptible. Las vidas arrebatadas fueron tragedias terribles. Pero la maldad y la tragedia del 11 de septiembre sólo se agravaron muchas veces por la forma en que reaccionamos entonces y desde entonces.
Hemos permitido que el terror se apodere de nosotros. Una y otra vez, hemos dejado que el gobierno utilice el terror para manipularnos y que renunciemos a nuestras preciosas libertades a cambio de la promesa de seguridad.
Sin embargo, nuestros protectores ávidos de poder nunca parecen cumplir esa promesa. Tanto en la Guerra Global contra el Terrorismo, como en la Guerra Global contra el COVID, han demostrado ser fracasos abyectos.
Si seguimos así durante mucho tiempo, no nos quedará ninguna libertad a la que renunciar. En ese escenario, ninguno de nosotros (y ninguno de nuestros descendientes) estará a salvo de nuestros «protectores».
Entonces los terroristas habrán ganado de verdad.
*Dan Sanchez – Director de Contenido de la Fundación para la Educación Económica
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Y recuerda… «No asumas NADA, cuestiona TODO».
Redacción Anwo.life
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Estados Unidos
¿Un Gilead en Washington? El sionismo cristiano y la política del Armagedón
Publicado
hace 7 mesesel
11 de marzo de 2026Por
ANWO
Por: DARINOSI
Durante décadas, la política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente se explicó en términos de seguridad estratégica, petróleo, influencia geopolítica o rivalidades regionales. Sin embargo, existe otro factor del que se habla poco en los análisis tradicionales: la influencia del sionismo cristiano, una corriente religiosa dentro del evangelicalismo estadounidense que interpreta los acontecimientos en Medio Oriente como parte de una profecía bíblica sobre el fin de los tiempos.
Cuando estas creencias permanecen en el ámbito de la fe privada, forman parte de la libertad religiosa. Pero cuando comienzan a acercarse al poder político, la pregunta deja de ser teológica y se vuelve profundamente geopolítica.
Cuando la ficción empieza a parecerse a la política
La novela The Handmaid’s Tale, y la serie que la popularizó, describen una distopía llamada Gilead: un Estado donde el poder político se justifica mediante interpretaciones religiosas extremas y donde las decisiones públicas se presentan como cumplimiento de la voluntad divina.
Durante mucho tiempo, esa historia fue vista como una advertencia literaria sobre los peligros del fundamentalismo religioso. Sin embargo, en los últimos años algunos analistas han comenzado a preguntarse si ciertos elementos del discurso político estadounidense —especialmente dentro del evangelicalismo político— empiezan a acercarse peligrosamente a ese terreno.
No se trata de afirmar que Estados Unidos sea una teocracia. Está muy lejos de serlo. Pero sí de reconocer que en la vida política estadounidense existe una fuerte corriente religiosa organizada que interpreta la política internacional, especialmente en Medio Oriente, a través de un lente bíblico.
El peso político del evangelicalismo en Estados Unidos
Para entender este fenómeno hay que mirar primero el tamaño del movimiento.
El evangelicalismo es una de las fuerzas religiosas más influyentes del país. Se estima que entre el 25% y el 30% del electorado estadounidense pertenece a iglesias evangélicas protestantes. Pero más importante aún que su tamaño es su nivel de organización política.
Desde finales del siglo XX, el evangelicalismo se consolidó como uno de los bloques electorales más disciplinados dentro del Partido Republicano. Durante las elecciones presidenciales recientes, cerca del 80% de los votantes evangélicos blancos apoyaron a Donald Trump.
Este respaldo convirtió al movimiento evangélico en un actor central dentro del equilibrio político estadounidense. Como resultado, muchos líderes religiosos han logrado acceso directo a círculos de poder, asesorando o influyendo en decisiones políticas.
Entre estas figuras destaca la televangelista Paula White, quien ha sido una de las asesoras espirituales más cercanas al expresidente.
La influencia de estas figuras no implica necesariamente que dicten la política exterior de Washington. Pero sí refleja una realidad incuestionable: la religión organizada forma parte del ecosistema político estadounidense.
Qué es el sionismo cristiano
Dentro del evangelicalismo existe una corriente específica que resulta clave para comprender la relación entre religión y geopolítica en Medio Oriente: el sionismo cristiano.
A diferencia del sionismo judío —que es un movimiento nacionalista surgido en el siglo XIX para crear un Estado judío— el sionismo cristiano nace de interpretaciones bíblicas dentro del protestantismo evangélico.
Sus seguidores creen que ciertos eventos deben ocurrir para que se cumplan las profecías sobre el fin de los tiempos.
Entre ellos destacan:
- el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel
- el control de Jerusalén por el Estado israelí
- la eventual reconstrucción del Tercer Templo
- una gran guerra final en Medio Oriente
- la segunda venida de Cristo
Estas interpretaciones se basan en lecturas literales de textos bíblicos como el libro de Daniel, el Apocalipsis y las profecías de Ezequiel.
En esta visión religiosa, el conflicto en Medio Oriente no es simplemente una disputa territorial o estratégica. Es parte de un drama cósmico entre el bien y el mal.
Medio Oriente como escenario profético
En muchas interpretaciones del sionismo cristiano, los acontecimientos políticos de la región se interpretan como señales de que el mundo se aproxima a un momento profético conocido como Armagedón, una batalla final descrita en el Apocalipsis.
Por esta razón, muchos creyentes consideran que apoyar al Estado de Israel no es solo una posición política, sino un mandato religioso.
Esto ayuda a explicar por qué dentro del evangelicalismo estadounidense existe un apoyo extremadamente fuerte hacia Israel, incluso más sólido que el que se observa en muchos países europeos.
Para millones de creyentes, el destino de Israel está íntimamente ligado al cumplimiento de las profecías bíblicas.
La fe cerca del poder
La política estadounidense siempre ha tenido una dimensión religiosa. Desde discursos presidenciales hasta ceremonias públicas, la referencia a Dios ha sido una constante en la historia del país.
Sin embargo, lo que ha cambiado en las últimas décadas es la forma en que ciertos movimientos religiosos organizados han comenzado a participar activamente en la arena política.
El evangelicalismo político ha construido redes de influencia, organizaciones de lobby, medios de comunicación propios y grandes movimientos de movilización electoral.
Algunas de estas organizaciones defienden abiertamente la idea de que los acontecimientos de Medio Oriente deben interpretarse a través de un marco bíblico.
Cuando este tipo de interpretaciones comienza a circular cerca del poder político, el debate deja de ser exclusivamente teológico.
Empieza a tener implicaciones estratégicas.
Cuando la política adopta lenguaje religioso
Uno de los aspectos más llamativos del evangelicalismo político es su lenguaje.
No es raro escuchar expresiones como:
- “batalla espiritual”
- “enemigos de Dios”
- “victoria divina”
Dentro de un contexto religioso, estas expresiones son comunes. Forman parte de la retórica espiritual de muchas iglesias.
Pero cuando ese mismo lenguaje aparece cerca de decisiones políticas o militares, el significado cambia radicalmente.
La guerra deja de interpretarse únicamente como un conflicto entre intereses nacionales. Empieza a presentarse como parte de una lucha moral o espiritual.
La pregunta incómoda
Todo esto conduce a una pregunta inevitable.
Si algunos sectores influyentes dentro del mundo político interpretan el conflicto en Medio Oriente como parte de un drama profético, ¿hasta qué punto estas ideas pueden influir en la manera en que se toman ciertas decisiones?
No significa que la política exterior estadounidense esté dirigida por teólogos. La realidad es mucho más compleja que eso.
Pero tampoco se puede ignorar que existen millones de votantes, líderes religiosos y organizaciones políticas que interpretan los acontecimientos internacionales a través de un marco bíblico.
Cuando esas visiones se acercan al poder, la frontera entre fe y geopolítica comienza a volverse difusa.
¿Una nueva cruzada?
El paralelismo histórico resulta inevitable.
Durante la Edad Media, las Cruzadas movilizaron a ejércitos europeos hacia Medio Oriente bajo la convicción de que estaban librando una guerra sagrada para recuperar Jerusalén.
En aquel contexto, la religión no era solo una cuestión espiritual. Era el lenguaje que legitimaba la guerra.
Hoy el mundo es radicalmente distinto. Las potencias modernas toman decisiones basadas en intereses estratégicos, alianzas internacionales y cálculos económicos.
Sin embargo, la historia también muestra que cuando las ideologías religiosas se mezclan con la política internacional, el resultado puede ser impredecible.
Conclusión
Estados Unidos no es Gilead. Su sistema político sigue siendo una democracia plural con fuertes instituciones y una clara separación formal entre Iglesia y Estado.
Pero ignorar la influencia cultural y política del evangelicalismo sería un error.
Millones de personas dentro del país creen sinceramente que los acontecimientos en Medio Oriente forman parte de un plan divino descrito hace miles de años.
Cuando esas creencias permanecen en el ámbito de la fe, forman parte de la diversidad religiosa.
Pero cuando comienzan a influir en el discurso político o en la percepción pública de los conflictos internacionales, la pregunta se vuelve inevitable:
¿hasta qué punto la geopolítica puede convivir con la profecía?
Porque la historia demuestra algo inquietante:
Las potencias siempre han tenido ideologías para justificar sus guerras. Pero cuando los misiles empiezan a explicarse con profecías… la política deja de parecer diplomacia y empieza a parecer cruzada.
Fuentes y referencias
- American Evangelicals and Israel. University of Pennsylvania Press, 2019.
- On the Road to Armageddon. Baker Academic, 2004.
- Christian Zionism: Road-map to Armageddon?. InterVarsity Press, 2004.
- The Evangelicals: The Struggle to Shape America. Simon & Schuster, 2017.
- God’s Own Party. Oxford University Press, 2010.
Centros de investigación
- Pew Research Center — estudios sobre religión y política en Estados Unidos.
- Brookings Institution — análisis sobre religión, política exterior y Medio Oriente.
- Council on Foreign Relations — informes sobre religión y política internacional.
Análisis periodístico
- The New York Times
- The Atlantic
- Foreign Affairs
- The Economist
Organizaciones relevantes
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Estados Unidos
Las guerras secretas del imperio estadounidense…
Publicado
hace 4 añosel
28 de noviembre de 2022Por
ANWO
Para llegar a donde están, las potencias imperiales engañarán, disimularán y distorsionarán. El imperio de los EE. UU., el más asombroso de los poderes diabólicos, se ha extendido por todo el mundo, a menudo sin que sus propios ciudadanos lo sepan.
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Estados Unidos
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23 de noviembre de 2022Por
ANWO
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