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El gran juego de aplastar países: ¡Entendiendo la historia reciente de Afganistán!

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Mientras un tsunami de lágrimas de cocodrilo envuelve a los políticos occidentales, se suprime la historia. Hace más de una generación Afganistán ganó su libertad, misma que Estados Unidos, Gran Bretaña y sus «aliados» destruyeron.

En 1978, un movimiento de liberación liderado por el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) derrocó la dictadura de Mohammad Dawd, primo del rey Zahir Shar. Fue una revolución inmensamente popular que tomó por sorpresa a británicos y estadounidenses.

Los periodistas extranjeros en Kabul, informó el New York Times, se sorprendieron al descubrir que «casi todos los afganos que entrevistaron dijeron estar encantados con el golpe». El Wall Street Journal informó que «150,000 personas … marcharon para honrar la nueva bandera … los participantes parecían genuinamente entusiastas».

El Washington Post informó que «la lealtad afgana al gobierno apenas puede ser cuestionada». Laico, modernista y, en gran medida, socialista, el gobierno declaró un programa de reformas visionarias que incluía la igualdad de derechos para las mujeres y las minorías. Se liberó a los presos políticos y se quemaron públicamente los archivos policiales.

Bajo la monarquía, la esperanza de vida era de treinta y cinco años; uno de cada tres niños murió en la infancia. El noventa por ciento de la población era analfabeta. El nuevo gobierno introdujo la atención médica gratuita. Se lanzó una campaña de alfabetización masiva.

Para las mujeres, los logros no tenían precedentes; a fines de la década de 1980, la mitad de los estudiantes universitarios eran mujeres, y las mujeres constituían el 40% de los médicos afganos, el 70% de sus profesores y el 30% de los funcionarios públicos.

Tan radicales fueron los cambios que permanecen vivos en la memoria de quienes se beneficiaron. Saira Noorani, una cirujana que huyó de Afganistán en 2001, recordó:

“Todas las niñas pueden ir a la escuela secundaria y la universidad. Podíamos ir a donde quisiéramos y vestirnos como nos gustaba. Solíamos ir a los cafés y al cine para ver las últimas películas indias los viernes. Todo empezó a salir mal cuando los muyahidines empezaron a ganar. Éstas eran las personas que apoyaba Occidente”.

Para Estados Unidos, el problema con el gobierno del PDPA era que contaba con el apoyo de la Unión Soviética. Sin embargo, nunca fue el «títere» ridiculizado en Occidente, ni el golpe contra la monarquía «respaldado por los soviéticos», como afirmaba la prensa estadounidense y británica en ese momento.

El secretario de Estado del presidente Jimmy Carter, Cyrus Vance, escribió más tarde en sus memorias: «No teníamos pruebas de ninguna complicidad soviética en el golpe».

En la misma administración estaba Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional de Carter, un emigrado polaco y fanático anticomunista y extremista moral cuya influencia duradera sobre los presidentes estadounidenses expiró solo con su muerte en 2017.

El 3 de julio de 1979, sin que el pueblo y el Congreso estadounidenses lo supieran, Carter autorizó un programa de «acción encubierta» de 500 millones de dólares para derrocar al primer gobierno secular y progresista de Afganistán. Este fue nombrado en código como la Operación Ciclón de la CIA.

Los 500 millones de dólares compraron, sobornaron y armaron a un grupo de fanáticos tribales y religiosos conocidos como muyahidin. En su historia semioficial, el reportero del Washington Post, Bob Woodward, escribió que la CIA gastó $70 millones solo en sobornos. Describe una reunión entre un agente de la CIA conocido como «Gary» y un señor de la guerra llamado Amniat-Melli:

“Gary colocó un paquete de efectivo sobre la mesa: $ 500,000 en fajos de billetes de $100. Creía que sería más impresionante que los 200,000 dólares habituales, la mejor manera de decir que estamos aquí, hablamos en serio, aquí hay dinero, sabemos que lo necesitas … Gary pronto pediría a la sede de la CIA y recibiría 10 millones de dólares en efectivo”.

Reclutado de todo el mundo musulmán, el ejército secreto de Estados Unidos fue entrenado en campos en Pakistán dirigidos por la inteligencia paquistaní, la CIA y el MI6 de Gran Bretaña. Otros fueron reclutados en un colegio islámico en Brooklyn, Nueva York, a la vista de las condenadas Torres Gemelas. Uno de los reclutas era un ingeniero saudí llamado Osama bin Laden.

El objetivo era difundir el fundamentalismo islámico en Asia Central y desestabilizar y finalmente destruir la Unión Soviética.  

En agosto de 1979, la Embajada de Estados Unidos en Kabul informó que «los intereses más amplios de Estados Unidos … se beneficiarían con la desaparición del gobierno del PDPA, a pesar de los reveses que esto pueda significar para las futuras reformas sociales y económicas en Afganistán».

Lea de nuevo las palabras de arriba en cursiva. No es frecuente que una intención tan cínica se exprese con tanta claridad. Estados Unidos decía que un gobierno afgano genuinamente progresista y los derechos de las mujeres afganas podrían irse al infierno.

Seis meses después, los soviéticos hicieron su movimiento fatal en Afganistán en respuesta a la amenaza yihadista creada por Estados Unidos en su puerta. Armados con misiles Stinger proporcionados por la CIA y celebrados como «luchadores por la libertad» por Margaret Thatcher, los muyahidines finalmente expulsaron al Ejército Rojo de Afganistán.

Llamándose a sí mismos la Alianza del Norte, los muyahidines estaban dominados por señores de la guerra que controlaban el tráfico de heroína y aterrorizaban a las mujeres rurales. Los talibanes eran una facción ultrapuritana, cuyos mulás vestían de negro y castigaban el bandidaje, la violación y el asesinato, pero desterraban a las mujeres de la vida pública.

En la década de 1980, la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán, conocida como RAWA, había tratado de alertar al mundo sobre el sufrimiento de las mujeres afganas. Durante el tiempo de los talibanes, ocultaron cámaras debajo de sus burkas para filmar pruebas de atrocidades, e hicieron lo mismo para exponer la brutalidad de los muyahidines respaldados por Occidente. “Marina” de RAWA dijo: “Llevamos la cinta de video a todos los principales grupos de medios, pero ellos no querían saber nada al respecto”.

En 1996, el gobierno ilustrado del PDPA fue invadido. El presidente, Mohammad Najibullah, había acudido a las Naciones Unidas para pedir ayuda. A su regreso, lo colgaron de una farola.

«Confieso que los países son ​​piezas en un tablero de ajedrez», dijo Lord Curzon en 1898, «sobre las cuales se está jugando un gran juego por la dominación del mundo».

El virrey de la India se refería en particular a Afganistán. Un siglo después, el primer ministro Tony Blair utilizó palabras ligeramente diferentes.

«Este es un momento para aprovechar», dijo después del 11 de septiembre. “El Caleidoscopio se ha sacudido. Las piezas están cambiando. Pronto volverán a asentarse. Antes de que lo hagan, reordenemos este mundo que nos rodea «.

Sobre Afganistán, agregó esto:

«No nos marcharemos, sino que aseguraremos alguna salida de la pobreza que es su miserable existencia».

Blair se hizo eco de su mentor, el presidente George W. Bush, quien habló con las víctimas de sus bombas desde la Oficina Oval:

“El pueblo oprimido de Afganistán conocerá la generosidad de Estados Unidos. A medida que atacamos objetivos militares, también dejaremos comida, medicinas y suministros a los hambrientos y que sufren».

Casi todas las palabras eran falsas. Sus declaraciones de preocupación fueron crueles ilusiones para un salvajismo imperial que “nosotros” en Occidente rara vez reconocemos como tal.

En 2001, Afganistán fue golpeado y dependía de los convoyes de ayuda de emergencia de Pakistán. Como informó el periodista Jonathan Steele, la invasión causó indirectamente la muerte de unas 20,000 personas cuando cesaron los suministros a las víctimas de la sequía y la gente huyó de sus hogares.

Dieciocho meses después, se encontraron bombas de racimo estadounidenses sin detonar en los escombros de Kabul que a menudo se confundían con paquetes amarillos de ayuda lanzados desde el aire. Volaron las extremidades de los niños hambrientos que buscaban alimento.

En la aldea de Bibi Maru, una mujer llamada Orifa se arrodillaba ante las tumbas de su esposo, Gul Ahmed, un tejedor de alfombras, y otros siete miembros de su familia, incluidos seis niños y dos niños que murieron al lado.

Un avión estadounidense F-16 salió de un cielo azul claro y arrojó una bomba Mk82 de 500 libras sobre la casa de barro, piedra y paja de Orifa. Orifa estaba fuera en ese momento. Cuando regresó, recogió las partes de los cuerpos.

Meses después, un grupo de estadounidenses llegó desde Kabul y le entregó un sobre con quince billetes: un total de 15 dólares. «Dos dólares por cada miembro de mi familia asesinado», dijo.

La invasión de Afganistán fue un fraude. A raíz del 11 de septiembre, los talibanes intentaron distanciarse de Osama bin Laden. En muchos aspectos, eran un cliente estadounidense con el que la administración de Bill Clinton había hecho una serie de acuerdos secretos para permitir la construcción de un gasoducto de $3 mil millones por parte de un consorcio de compañías petroleras estadounidenses.

En gran secreto, los líderes talibanes habían sido invitados a Estados Unidos y entretenidos por el director ejecutivo de la empresa Unocal en su mansión de Texas y por la CIA en su sede en Virginia. Uno de los negociadores fue Dick Cheney, luego vicepresidente de George W. Bush.

En 2010, en Washington se entrevistó al autor intelectual de la era moderna de sufrimiento de Afganistán, Zbigniew Brzezinski. Se le citó su autobiografía en la que admitía que su gran plan para atraer a los soviéticos a Afganistán había creado “unos pocos musulmanes conmovidos”.

«¿Tienes algún arrepentimiento?» Se le preguntó.

«¡Remordimientos! ¡Remordimientos!” afirmó.

Cuando vemos las escenas actuales de pánico en el aeropuerto de Kabul y escuchamos a los periodistas y generales en estudios de televisión distantes lamentando la retirada de la protección norteamericana… ¿no es hora de prestar atención a la verdad del pasado para que todo este sufrimiento nunca suceda de nuevo?

*Artículo elaborado por John Pilger y publicado por primera vez en Global Reserch.

*Si te gusta esta información y te ha sido de utilidad, ayúdanos a difundirla para que más personas tengan la oportunidad de conocerla

Y recuerda… «No asumas NADA, cuestiona TODO».

Redacción Anwo.life

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Estados Unidos

¿Un Gilead en Washington? El sionismo cristiano y la política del Armagedón

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Por: DARINOSI

Durante décadas, la política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente se explicó en términos de seguridad estratégica, petróleo, influencia geopolítica o rivalidades regionales. Sin embargo, existe otro factor del que se habla poco en los análisis tradicionales: la influencia del sionismo cristiano, una corriente religiosa dentro del evangelicalismo estadounidense que interpreta los acontecimientos en Medio Oriente como parte de una profecía bíblica sobre el fin de los tiempos.

Cuando estas creencias permanecen en el ámbito de la fe privada, forman parte de la libertad religiosa. Pero cuando comienzan a acercarse al poder político, la pregunta deja de ser teológica y se vuelve profundamente geopolítica.

Cuando la ficción empieza a parecerse a la política

La novela The Handmaid’s Tale, y la serie que la popularizó, describen una distopía llamada Gilead: un Estado donde el poder político se justifica mediante interpretaciones religiosas extremas y donde las decisiones públicas se presentan como cumplimiento de la voluntad divina.

Durante mucho tiempo, esa historia fue vista como una advertencia literaria sobre los peligros del fundamentalismo religioso. Sin embargo, en los últimos años algunos analistas han comenzado a preguntarse si ciertos elementos del discurso político estadounidense —especialmente dentro del evangelicalismo político— empiezan a acercarse peligrosamente a ese terreno.

No se trata de afirmar que Estados Unidos sea una teocracia. Está muy lejos de serlo. Pero sí de reconocer que en la vida política estadounidense existe una fuerte corriente religiosa organizada que interpreta la política internacional, especialmente en Medio Oriente, a través de un lente bíblico.

El peso político del evangelicalismo en Estados Unidos

Para entender este fenómeno hay que mirar primero el tamaño del movimiento.

El evangelicalismo es una de las fuerzas religiosas más influyentes del país. Se estima que entre el 25% y el 30% del electorado estadounidense pertenece a iglesias evangélicas protestantes. Pero más importante aún que su tamaño es su nivel de organización política.

Desde finales del siglo XX, el evangelicalismo se consolidó como uno de los bloques electorales más disciplinados dentro del Partido Republicano. Durante las elecciones presidenciales recientes, cerca del 80% de los votantes evangélicos blancos apoyaron a Donald Trump.

Este respaldo convirtió al movimiento evangélico en un actor central dentro del equilibrio político estadounidense. Como resultado, muchos líderes religiosos han logrado acceso directo a círculos de poder, asesorando o influyendo en decisiones políticas.

Entre estas figuras destaca la televangelista Paula White, quien ha sido una de las asesoras espirituales más cercanas al expresidente.

La influencia de estas figuras no implica necesariamente que dicten la política exterior de Washington. Pero sí refleja una realidad incuestionable: la religión organizada forma parte del ecosistema político estadounidense.

Qué es el sionismo cristiano

Dentro del evangelicalismo existe una corriente específica que resulta clave para comprender la relación entre religión y geopolítica en Medio Oriente: el sionismo cristiano.

A diferencia del sionismo judío —que es un movimiento nacionalista surgido en el siglo XIX para crear un Estado judío— el sionismo cristiano nace de interpretaciones bíblicas dentro del protestantismo evangélico.

Sus seguidores creen que ciertos eventos deben ocurrir para que se cumplan las profecías sobre el fin de los tiempos.

Entre ellos destacan:

  • el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel
  • el control de Jerusalén por el Estado israelí
  • la eventual reconstrucción del Tercer Templo
  • una gran guerra final en Medio Oriente
  • la segunda venida de Cristo

Estas interpretaciones se basan en lecturas literales de textos bíblicos como el libro de Daniel, el Apocalipsis y las profecías de Ezequiel.

En esta visión religiosa, el conflicto en Medio Oriente no es simplemente una disputa territorial o estratégica. Es parte de un drama cósmico entre el bien y el mal.

Medio Oriente como escenario profético

En muchas interpretaciones del sionismo cristiano, los acontecimientos políticos de la región se interpretan como señales de que el mundo se aproxima a un momento profético conocido como Armagedón, una batalla final descrita en el Apocalipsis.

Por esta razón, muchos creyentes consideran que apoyar al Estado de Israel no es solo una posición política, sino un mandato religioso.

Esto ayuda a explicar por qué dentro del evangelicalismo estadounidense existe un apoyo extremadamente fuerte hacia Israel, incluso más sólido que el que se observa en muchos países europeos.

Para millones de creyentes, el destino de Israel está íntimamente ligado al cumplimiento de las profecías bíblicas.

La fe cerca del poder

La política estadounidense siempre ha tenido una dimensión religiosa. Desde discursos presidenciales hasta ceremonias públicas, la referencia a Dios ha sido una constante en la historia del país.

Sin embargo, lo que ha cambiado en las últimas décadas es la forma en que ciertos movimientos religiosos organizados han comenzado a participar activamente en la arena política.

El evangelicalismo político ha construido redes de influencia, organizaciones de lobby, medios de comunicación propios y grandes movimientos de movilización electoral.

Algunas de estas organizaciones defienden abiertamente la idea de que los acontecimientos de Medio Oriente deben interpretarse a través de un marco bíblico.

Cuando este tipo de interpretaciones comienza a circular cerca del poder político, el debate deja de ser exclusivamente teológico.

Empieza a tener implicaciones estratégicas.

Cuando la política adopta lenguaje religioso

Uno de los aspectos más llamativos del evangelicalismo político es su lenguaje.

No es raro escuchar expresiones como:

  • “batalla espiritual”
  • “enemigos de Dios”
  • “victoria divina”

Dentro de un contexto religioso, estas expresiones son comunes. Forman parte de la retórica espiritual de muchas iglesias.

Pero cuando ese mismo lenguaje aparece cerca de decisiones políticas o militares, el significado cambia radicalmente.

La guerra deja de interpretarse únicamente como un conflicto entre intereses nacionales. Empieza a presentarse como parte de una lucha moral o espiritual.

La pregunta incómoda

Todo esto conduce a una pregunta inevitable.

Si algunos sectores influyentes dentro del mundo político interpretan el conflicto en Medio Oriente como parte de un drama profético, ¿hasta qué punto estas ideas pueden influir en la manera en que se toman ciertas decisiones?

No significa que la política exterior estadounidense esté dirigida por teólogos. La realidad es mucho más compleja que eso.

Pero tampoco se puede ignorar que existen millones de votantes, líderes religiosos y organizaciones políticas que interpretan los acontecimientos internacionales a través de un marco bíblico.

Cuando esas visiones se acercan al poder, la frontera entre fe y geopolítica comienza a volverse difusa.

¿Una nueva cruzada?

El paralelismo histórico resulta inevitable.

Durante la Edad Media, las Cruzadas movilizaron a ejércitos europeos hacia Medio Oriente bajo la convicción de que estaban librando una guerra sagrada para recuperar Jerusalén.

En aquel contexto, la religión no era solo una cuestión espiritual. Era el lenguaje que legitimaba la guerra.

Hoy el mundo es radicalmente distinto. Las potencias modernas toman decisiones basadas en intereses estratégicos, alianzas internacionales y cálculos económicos.

Sin embargo, la historia también muestra que cuando las ideologías religiosas se mezclan con la política internacional, el resultado puede ser impredecible.

Conclusión

Estados Unidos no es Gilead. Su sistema político sigue siendo una democracia plural con fuertes instituciones y una clara separación formal entre Iglesia y Estado.

Pero ignorar la influencia cultural y política del evangelicalismo sería un error.

Millones de personas dentro del país creen sinceramente que los acontecimientos en Medio Oriente forman parte de un plan divino descrito hace miles de años.

Cuando esas creencias permanecen en el ámbito de la fe, forman parte de la diversidad religiosa.

Pero cuando comienzan a influir en el discurso político o en la percepción pública de los conflictos internacionales, la pregunta se vuelve inevitable:

¿hasta qué punto la geopolítica puede convivir con la profecía?

Porque la historia demuestra algo inquietante:

Las potencias siempre han tenido ideologías para justificar sus guerras. Pero cuando los misiles empiezan a explicarse con profecías… la política deja de parecer diplomacia y empieza a parecer cruzada.

Fuentes y referencias

  • American Evangelicals and Israel. University of Pennsylvania Press, 2019.
  • On the Road to Armageddon. Baker Academic, 2004.
  • Christian Zionism: Road-map to Armageddon?. InterVarsity Press, 2004.
  • The Evangelicals: The Struggle to Shape America. Simon & Schuster, 2017.
  • God’s Own Party. Oxford University Press, 2010.

Centros de investigación

  • Pew Research Center — estudios sobre religión y política en Estados Unidos.
  • Brookings Institution — análisis sobre religión, política exterior y Medio Oriente.
  • Council on Foreign Relations — informes sobre religión y política internacional.

Análisis periodístico

  • The New York Times
  • The Atlantic
  • Foreign Affairs
  • The Economist

Organizaciones relevantes

Christians United for Israel, fundada por el pastor John Hagee.

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