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Los 3 mitos del “Cambio Climático” desmentidos

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Cambio Climático
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Para muchos, pensar en el futuro de nuestro planeta es aterrador. Según una encuesta mundial publicada por la BBC, el 56 % de los jóvenes cree que la humanidad está condenada a causa del cambio climático y el 45 % afirma que su ansiedad por el clima afecta su vida cotidiana. En Estados Unidos, la historia es muy parecida: tres cuartas partes de los estadounidenses creen que el cambio climático provocará la extinción del hombre y uno de cada cinco “millennials” cree que esa extinción se producirá durante su vida.

Una estudiante universitaria recientemente escribió lo siguiente en un periódico del campo universitario sobre su ansiedad por el clima:

«Me quedo despierta hasta la madrugada, buscando en Google alguna variación de «¿Hay esperanza para el cambio climático?» y «¿Es bueno el plan de Biden sobre el cambio climático?». (…) Me preocupo por cada residuo que encuentro, preguntándome si debo tirarlo a la basura o lavarlo y esperar que sea apto para el contenedor de reciclaje. ¿Y si lavo el papel de aluminio en el que he calentado las sobras de lasaña, se convierte entonces en reciclable? La ansiedad es agobiante».

Está claro que muchos jóvenes sufren una intensa ansiedad climática. ¿Y quién puede culparlos? Dado que gran parte de la información que consumen sobre el tema —tanto de los medios de comunicación como de las redes sociales— es de naturaleza apocalíptica, es un resultado inevitable.

Pero, ¿es cierto el mensaje que reciben? ¿Está justificada la ansiedad que sienten?

Un examen sobrio de los hechos y la ciencia sugeriría que no.

Esta es la verdad: el cambio climático es real y tiene efectos negativos en su mayoría; sin embargo, el cambio climático no es el fin del mundo.

Así que, en un esfuerzo por aclarar los hechos y quizás proporcionar una alternativa más reconfortante a la narrativa dominante, aquí están algunos de los mitos más comunes sobre el medio ambiente, desmentidos.

Mito #1: la extinción humana debido al cambio climático es inminente

El origen de mucha ansiedad sobre el cambio climático es la creencia de que los seres humanos probablemente se extinguirán en algún momento en un futuro cercano debido a sus efectos. Pero esa creencia no es cierta.

Incluso los científicos más preocupados por el cambio climático refutan esta afirmación. Michael Mann, quien es profesor de ciencias atmosféricas en Penn State y una superestrella del movimiento de lucha contra el cambio climático, escribió que “no hay pruebas de escenarios de cambio climático que hagan que los seres humanos se extingan”.

En el libro de Michael Shellenberger, “No hay Apocalipsis, señala que el científico atmosférico de la Universidad de Stanford Ken Caldeira también dijo que “el cambio climático no amenaza la extinción humana”.

Parte del miedo sobre la extinción humana comenzó, sin duda, después de que la diputada Alexandria Ocasio-Cortez declarara, en 2019, que “el mundo se va a acabar en doce años si no abordamos el cambio climático”. Pero, como documenta Shellenberger en su libro, los científicos del clima de la NASA dijeron que “Todos los marcos temporales son una mierda”, y un investigador del paleoclima de la Universidad de Wisconsin-Madison dijo que su declaración era una “caracterización errónea”.

En resumen, prácticamente no hay científicos que crean, y no hay ciencia que apoye, la idea de que los humanos se extinguirán por el cambio climático.

Mito #2: el clima se está volviendo sustancialmente más peligroso para los seres humanos

De la creencia de que los seres humanos se extinguirán a causa del cambio climático suele derivarse la percepción de que éste está haciendo la vida sustancialmente más peligrosa para los seres humanos. Pero, en realidad, los seres humanos están mucho más protegidos de las catástrofes relacionadas con el clima que hace apenas 100 años.

Bjorn Lomborg, profesor visitante de la Escuela de Negocios de Copenhague y miembro visitante de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, demostró, a partir de los resultados de la Base de Datos Internacional de Catástrofes, que el riesgo individual de muerte relacionada con el clima (es decir, por huracanes, sequías, temperaturas extremas, etc.) disminuyó en un 98.9% desde 1920.

Es cierto que los modelos prevén que las tormentas y otros fenómenos relacionados con el clima serán más intensos en el futuro. Pero (aparte del hecho de que los modelos han fallado históricamente a la hora de predecir la evolución del clima en el futuro) eso no significa necesariamente que la tendencia positiva de los últimos 100 años vaya a invertirse.

Sí, hay peligro climático. Pero también hay resistencia climática. La razón de la drástica reducción de las muertes relacionadas con el clima en los últimos 100 años ha sido el rápido desarrollo económico y tecnológico que ha caracterizado a Estados Unidos durante ese tiempo. Ya sea una infraestructura más fiable, el acceso a energía barata o una mayor capacidad para prever fenómenos meteorológicos graves antes de que se produzcan, todo ello ha permitido aumentar la seguridad humana incluso frente al cambio climático. Y esto no sólo se ha observado en Estados Unidos, sino en países de todo el mundo.

Saul Zimet, de la Fundación para la Educación Económica (FEE), lo resumió bien cuando escribió:

«El lado de la ecuación de la resiliencia climática, a pesar de ser al menos tan importante como el lado del peligro climático, a menudo se ignora en los modelos de impacto climático futuro. Esto se debe a que, si bien es difícil poner en modelo un clima cambiante, es imposible modelar el futuro del ingenio humano, que estará compuesto por decisiones y percepciones que sólo las personas del futuro podrán conocer».

Mito 3: las catástrofes naturales son cada vez más frecuentes y graves

Cada vez que se produce un huracán, una sequía, una ola de calor o un incendio forestal devastador, es de esperarse que los titulares de los medios de comunicación, desde el New York Times hasta CNN, insinúen que estas catástrofes no sólo son más frecuentes, sino también más graves, debido al cambio climático.

Huracanes

Roger Pielke Jr., profesor de Estudios Ambientales de la Universidad de Colorado, ha estudiado tanto la frecuencia como el impacto de diversos desastres naturales. En lo que respecta al número de huracanes grandes en el territorio continental de Estados Unidos desde 1900, no encontró un aumento dramático, sino más bien una ligera disminución.

El Laboratorio de Dinámica de Fluidos Geofísicos (https://www.gfdl.noaa.gov/global-warming-and-hurricanes/) —que opera dentro de la Oficina de Investigación Oceánica y Atmosférica de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica— escribe que “no hay pruebas sólidas” (https://www.nature.com/articles/s41467-021-24268-5) de tendencias crecientes en los huracanes que tocan tierra en Estados Unidos o en los grandes huracanes, o en los huracanes de toda la cuenca del Atlántico o en los huracanes importantes desde finales de 1800″.

Aparte de la frecuencia, también está la cuestión de la intensidad, de la que hay dos aspectos. El primero es la intensidad de la tormenta en sí y el segundo es la cantidad de daños que se producen como consecuencia de la misma. En cuanto a la primera cuestión, las pruebas son contradictorias. En cuanto a la segunda cuestión, es cierto pero engañoso decir que los costos económicos de las catástrofes naturales, incluidos los huracanes, han empeorado.

Cuando Pielke Jr. examinó los daños económicos de las catástrofes naturales a lo largo del tiempo como porcentaje del PIB, descubrió que en realidad han disminuido.

Aun así, el aumento de la cifra en dólares con respecto a los daños se cita a menudo como prueba de que los huracanes están empeorando. En la carta de los congresistas demócratas que abogan por un nuevo Cuerpo Civil del Clima (CCC), por ejemplo, justifican su afirmación de una “temporada de ciclones sin precedentes” escribiendo lo siguiente:

«Estados Unidos experimentó 22 catástrofes meteorológicas y climáticas de mil millones de dólares en 2020, pulverizando el anterior récord anual de 16 eventos. 2020 fue la peor temporada de incendios registrada, quemando más de 10.2 millones de acres y costando más de 16 mil millones de dólares en daños y 3 mil millones de dólares en costos de supresión. Los Estados Unidos experimentaron un récord de 30 ciclones tropicales con nombre, 7 de los cuales se convirtieron en desastres de mil millones de dólares, también un nuevo récord».

Pero medir la gravedad de los huracanes en función de los daños económicos que causan es erróneo porque, como explica Bjorn Lomborg en su libro False Alarm, no tiene en cuenta un fenómeno conocido como “efecto de objetivo en expansión”. Escribe:

«Los impactos climáticos similares darán lugar a catástrofes más costosas porque un número cada vez mayor de personas con bienes cada vez más valiosos está en riesgo. El efecto de objetivo en expansión puede considerarse como un blanco de tiro con arco, en la que los anillos (que muestran la densidad de población) nos indican cuántas personas y bienes corren el riesgo de ser alcanzados por una flecha imaginaria o un desastre natural».

A medida que la población humana aumenta y el desarrollo ocupa una mayor proporción del terreno total —especialmente en las zonas de alto riesgo— más catástrofes naturales golpearán inevitablemente en algún lugar dentro del objetivo, causando así más daños económicos que si no hubiera desarrollo en ese lugar. En los últimos 100 años, este tipo de desarrollo y el aumento de la población han sido generalizados en Estados Unidos. En consecuencia, es de esperarse que haya más personas que ocupen espacio dentro del blanco.

Incendios forestales

Del mismo modo, en lo que respecta a los incendios forestales, el número de hectáreas quemadas anualmente ha disminuido drásticamente con el tiempo. En 2014, investigadores de la Universidad de Auburn y del Instituto de Tecnología de Georgia descubrieron “una importante tendencia a la baja” de la superficie mundial quemada desde 1900. Basándose en este estudio, Lomborg escribe que “la cantidad global de área quemada ha disminuido en más de 540,000 millas cuadradas, de 1.9 millones de millas cuadradas a principios del siglo pasado a 1.4 millones de millas cuadradas en la actualidad”.

Además, un estudio de 2017 publicado en Science descubrió que “el área quemada global se redujo en 25 % en los últimos 18 años”.

A pesar de estos datos, también está claro que en la actualidad hay más hogares sometidos a los efectos de los incendios forestales que nunca antes. Sin embargo, la razón de esto también puede explicarse por el efecto de objetivo en expansión. En False Alarm, Lomborg señala que en 1940 sólo había unas 500,000 viviendas en zonas de alto riesgo para incendios, pero que en 2010 eran casi 7 millones. Para ponerlo en perspectiva, el ritmo en el aumento de las viviendas en zonas de alto riesgo para incendios fue más de 3 veces superior al del país en general. Por lo tanto, no debería sorprender que las viviendas de más familias estén en riesgo hoy en día que en el pasado.

Conclusión

En los próximos 100 años cabe esperarse que las temperaturas sigan aumentando, al igual que en la historia reciente. Además, debemos esperar que continúen algunos de los efectos negativos del cambio climático.

Sin embargo, esto no significa que el mundo se esté acabando; no significa que debamos quedarnos despiertos por la noche, paralizados por la ansiedad sobre el clima; no significa que debamos entrar en pánico. Más bien, debemos entender por qué la humanidad ha sido capaz de adaptarse a un clima cambiante hasta ahora y qué medidas son necesarias para garantizar el florecimiento humano para las generaciones venideras.

*Jack Elbaum – Fundación para la Educación Económica

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Calentamiento global S.A.: cómo lucrar con el fin del mundo

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El calentamiento global se transformó en el miedo universal del siglo XXI. No importa dónde vivas, qué idioma hables o a qué partido político sigas: la narrativa es la misma —“la Tierra está en peligro y tú eres el culpable”.

La estrategia psicológica

Este discurso no es nuevo: en la historia se ha usado el miedo al castigo divino, el miedo al comunismo, el miedo al terrorismo… Hoy, el miedo climático cumple la misma función.
El ciudadano común se siente responsable de sequías, huracanes y derretimiento de glaciares, aunque en realidad su huella sea insignificante frente a la de corporaciones, ejércitos y grandes industrias.
El truco consiste en internalizar la culpa: hacer que la gente piense que por usar popote o no reciclar está condenando al planeta entero.

Del miedo al consumo

Cuando el miedo ya está instalado, se ofrece la redención.

  • ¿Sientes culpa por contaminar? Compra bolsas de tela.
  • ¿Temes al plástico? Compra botellas “biodegradables”.
  • ¿Quieres salvar al planeta? Paga más por un empaque eco-friendly.

Se crea así un mercado de la conciencia tranquila, donde los productos no se venden por lo que son, sino por el alivio moral que generan.

Impacto real vs. impacto comercial

El problema es que muchas de estas soluciones son más marketing que ecología:

  • Un popote de metal requiere tanta energía en su producción que necesita cientos de usos para compensar un popote de plástico.
  • Los plásticos “biodegradables” se degradan solo en plantas industriales, no en tiraderos comunes.
  • La ropa reciclada muchas veces es solo una mezcla mínima de fibras plásticas, pero se vende a precio premium.

En otras palabras: el planeta sigue ardiendo, pero el negocio crece. El miedo no se resuelve, se administra como un recurso renovable para mantener el consumo constante.

El caso del “popote”

En 2018, millones de personas alrededor del mundo se convencieron de que el popote de plástico era el gran enemigo del planeta. Campañas virales, fotos de tortugas con popotes en la nariz, videos desgarradores.
El mensaje fue claro: si usas popote, destruyes la vida marina.

¿Resultado? Gobiernos prohibieron los popotes, restaurantes los retiraron y las marcas aprovecharon la ola para vender popotes metálicos, de bambú o de vidrio a precios mucho más altos.

El detalle: los popotes representan menos del 0.025% del plástico en los océanos. La mayor parte proviene de redes de pesca, transporte marítimo y basura industrial. Pero esos sectores no se tocan porque son negocios intocables.

En otras palabras, se trasladó la culpa al consumidor común y se creó un mercado millonario de popotes alternativos, mientras el problema real quedó intacto.

La moda “verde” corporativa

Algo similar ocurre con las grandes marcas de bebidas y comida rápida:

Las compañías de ropa producen “colecciones recicladas” que representan apenas un porcentaje mínimo de su producción total, pero sirven para construir imagen y subir precios.

Sacan botellas con 30% de plástico reciclado y las venden como revolución sustentable.

Lanzan ediciones limitadas “eco” que cuestan más, aunque la producción global siga siendo igual de contaminante.

El miedo climático funciona como un producto en sí mismo: se vende la idea de que el consumidor individual puede salvar al planeta con compras simbólicas, mientras los verdaderos responsables mantienen intactas sus prácticas.


Al final, lo que menos cambia es el planeta… lo que más crece son los márgenes de ganancia.

Los nuevos gigantes verdes

Si el miedo es el producto, los gigantes corporativos son los que monopolizan la venta de la salvación. En nombre del calentamiento global, las grandes empresas han encontrado la forma de presentarse como héroes del planeta, al tiempo que crean nuevos imperios económicos.

Autos eléctricos: la promesa de “cero emisiones”

El auto eléctrico es el símbolo máximo de la transición verde. Se vende como “cero emisiones”, pero detrás de esa imagen hay una realidad mucho menos limpia:

  • La extracción de litio, cobalto y níquel para baterías destruye ecosistemas completos y deja comunidades enteras sin agua.
  • La mayor parte de la electricidad que los recarga proviene todavía de carbón, gas o petróleo.
  • Las baterías usadas generan un nuevo problema de desechos tóxicos para el que aún no existe solución global.

Aun así, gobiernos de todo el mundo subsidian su compra, beneficiando principalmente a las grandes automotrices. No es salvar el planeta, es crear un nuevo mercado cautivo.

Créditos de carbono: contaminar pagando

Los llamados “créditos de carbono” son la genialidad del capitalismo verde: una empresa altamente contaminante puede seguir emitiendo CO₂ siempre que pague por proyectos compensatorios, como plantar árboles o financiar energías renovables en otro país.
El resultado:

  • Empresas siguen contaminando igual.
  • Los gobiernos presumen reducciones en papel.
  • Se abre un mercado especulativo de bonos y certificados que se comercian como acciones en Wall Street.

En otras palabras, se convirtió en un negocio global donde contaminar es legal si pagas lo suficiente.

Energías renovables: sol y viento… con dueño

La transición energética es otra bandera verde. Paneles solares y aerogeneradores se presentan como la panacea, pero:

  • Los megaproyectos solares y eólicos requieren miles de hectáreas, muchas veces en tierras comunales o ejidales, donde las comunidades terminan desplazadas.
  • Los beneficios económicos se concentran en grandes corporaciones extranjeras, no en los habitantes locales.
  • La fabricación de paneles solares y turbinas también depende de materiales que contaminan en su extracción.

Así, el “futuro limpio” tiene dueño y factura miles de millones, aunque la justicia ambiental sea mínima.


Los gigantes verdes no están resolviendo el problema, lo están reconfigurando en un mercado global. Cada solución se convierte en un producto, cada producto en un negocio, y cada negocio en una oportunidad de control. El planeta arde, pero los nuevos titanes verdes no buscan apagar el fuego: buscan vendernos el extinguidor.

Fondos, subsidios e impuestos “verdes”

La industria del calentamiento global no solo se sostiene con productos de consumo masivo, sino con un andamiaje financiero y político que asegura flujos de dinero constantes. Es el negocio institucionalizado: gobiernos que subsidian, bancos que invierten y ciudadanos que pagan.

Fondos verdes: trillones en juego

El cambio climático abrió una de las mayores oportunidades de inversión del siglo XXI: los bonos climáticos y los fondos de inversión verdes.

  • Según la Climate Bonds Initiative, el mercado de bonos verdes supera ya los 2.5 billones de dólares a nivel global.
  • Empresas y gobiernos los emiten para financiar proyectos supuestamente sustentables, pero muchas veces los fondos acaban en megaproyectos polémicos (presas, parques eólicos, minería “verde”).
  • Al final, Wall Street y los bancos internacionales encuentran en el “planeta en peligro” un motor financiero estable y de largo plazo.

Subsidios estatales: el dinero público al rescate

Los gobiernos destinan miles de millones en subsidios y estímulos fiscales para las llamadas “tecnologías limpias”:

  • Compra de autos eléctricos.
  • Instalación de paneles solares.
  • Incentivos fiscales a corporaciones energéticas.

El problema: gran parte de estos beneficios no llegan al ciudadano común, sino a empresas que ya son gigantescas. Tesla, por ejemplo, construyó su imperio inicial gracias a subsidios estatales en EE. UU. y China. Lo que parece política ambiental es en realidad transferencia de riqueza pública hacia corporaciones privadas.

Impuestos verdes: la carga al consumidor

Bajo el argumento de “cuidar el planeta”, se han creado nuevas figuras fiscales:

  • Impuestos al carbono en combustibles y transporte.
  • Cobros extra por empaques no reciclables.
  • Tarifas ambientales en turismo y aviación.

En la práctica, estas medidas no modifican las prácticas de los grandes contaminadores, pero sí encarecen la vida cotidiana del ciudadano. El consumidor paga más por productos “eco” mientras las corporaciones continúan operando sin cambios estructurales.


Los fondos, subsidios e impuestos “verdes” son la columna vertebral de la industria del calentamiento global. Se presenta como política ambiental, pero es en realidad un sistema financiero paralelo que canaliza dinero público y privado hacia quienes han sabido monetizar el miedo climático. El planeta sigue esperando resultados; los balances contables, en cambio, no paran de crecer.

Lo que queda fuera del discurso

En cada cumbre internacional, en cada campaña oficial y en cada reportaje sobre el calentamiento global, hay grandes ausentes. Son sectores tan poderosos que se mantienen fuera del radar mediático y político, aunque sean responsables de una parte sustancial de las emisiones globales.

El transporte marítimo y aéreo: la excepción invisible

  • El transporte marítimo internacional mueve más del 80% del comercio mundial y es responsable de cerca del 3% de las emisiones globales de CO₂, lo mismo que un país entero como Alemania.
  • La aviación comercial, con millones de vuelos al año, representa casi otro 2.5% de las emisiones globales.
  • Sin embargo, en los acuerdos climáticos internacionales, estos sectores aparecen apenas con compromisos voluntarios, sin regulaciones estrictas ni impuestos proporcionales.

El mensaje es claro: puedes multar al ciudadano por usar bolsas de plástico, pero no tocas al buque carguero que trae 10 mil contenedores de China.

La industria militar: el intocable mayor contaminado

El ejército de EE. UU. es considerado el mayor consumidor institucional de petróleo en el mundo. Su gasto energético supera al de países enteros.

  • Aviones de combate, tanques, portaaviones y bases militares generan una huella de carbono monumental.
  • Aun así, la industria militar queda fuera de las negociaciones climáticas internacionales: no aparece en los compromisos de reducción de emisiones ni en los informes globales.

En otras palabras: se puede culpar al ciudadano por usar un auto viejo, pero los ejércitos pueden seguir contaminando sin que nadie los cuestione.

Las corporaciones que se “pintan de verde

Grandes compañías de petróleo, gas y minería lanzan campañas millonarias para mostrar su compromiso ambiental. Pero:

  • Siguen expandiendo proyectos de extracción.
  • Financian investigaciones y ONGs que suavizan su imagen.
  • Pagan bonos de carbono para legitimarse como “net zero” sin modificar su modelo de negocios.

Es un lavado verde de imagen: contaminan a gran escala mientras trasladan la culpa y el costo al consumidor común.


El discurso climático oficial está diseñado para señalar lo que conviene y silenciar lo que amenaza al negocio. Los sectores más poderosos —transporte global, industria militar y megacorporaciones— permanecen intocables.


La narrativa del calentamiento global no es solo ciencia: es también un guion político y económico donde los verdaderos responsables nunca aparecen en escena.

Salvar al planeta o salvar bolsillos

El calentamiento global existe y es un fenómeno real, pero su gestión se ha convertido en un negocio multimillonario disfrazado de salvación ambiental. La confusión intencional entre cambio climático (natural) y calentamiento global (atribuido al humano) ha permitido construir un guion político y económico que funciona con tres pasos muy claros:

  1. Instalar el miedo: el mundo se va a acabar.
  2. Culpabilizar al ciudadano: tu consumo, tus bolsas, tus popotes.
  3. Ofrecer la redención: compra productos verdes, paga impuestos, acepta subsidios que terminan en manos corporativas.

El resultado es un sistema perfecto de transferencia de riqueza:

  • Gobiernos que recaudan nuevos impuestos ambientales.
  • Corporaciones que facturan con el sello “eco”.
  • Bancos que especulan con bonos climáticos.
  • Y ciudadanos que pagan más caro por todo mientras el planeta sigue en crisis.

La gran ironía es que lo único verdaderamente sustentable es el negocio mismo, no el futuro de la Tierra. El discurso ambiental se convierte en un escaparate de marketing donde lo verde no significa limpio, sino rentable.


Calentamiento global S.A.” no es solo un juego de palabras: es la realidad. Una industria que lucra con el miedo, que convierte la culpa en dinero y que asegura que, aunque el planeta siga ardiendo, sus bolsillos nunca dejen de crecer.

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Editorial

¿Está el Ejército Mexicano preparándose para una intervención extranjera?

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invasion México
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Por: Andrew Garza

En los últimos meses han comenzado a circular rumores inquietantes: ejercicios militares atípicos, discursos nuevos desde la Sedena, análisis de inteligencia informal y voces desde dentro del propio ejército que advierten que México podría estar anticipando una posible intervención extranjera.

¿Se trata solo de paranoia alimentada por redes sociales? ¿O realmente hay señales que apuntan a un giro defensivo en la doctrina militar del país?

Esta es la pregunta que hoy nos toca plantear. Porque, aunque no haya tanques en las calles ni declaraciones oficiales de guerra, algo está cambiando en el discurso, en la forma y en el fondo del aparato militar mexicano.

1. Señales que encienden las alertas

Cambios en ejercicios militares

De acuerdo con observadores y veteranos, algunas unidades del Ejército Mexicano han comenzado a realizar maniobras con lógica de defensa territorial, no solo combate urbano contra el crimen organizado. Estas prácticas incluyen:

  • Simulación de control de rutas estratégicas y zonas fronterizas.
  • Respuesta rápida a inserciones externas.
  • Uso de armamento pesado y artillería de campaña fuera del contexto de desastres naturales.

Aunque no hay comunicados oficiales que lo confirmen, se trata de un patrón que rompe con la rutina tradicional de los planes DN-II y DN-III, enfocados en seguridad interior y atención a desastres.

Un nuevo discurso desde la Sedena

La narrativa institucional también ha cambiado sutilmente. Donde antes se hablaba de “apoyo a la población” y “seguridad pública”, ahora se comienza a escuchar:

  • “Defensa de la soberanía”,
  • “Protección de fronteras” y
  • “Preparación ante amenazas externas”.

Estas frases no son casuales. Denotan un desplazamiento simbólico hacia una visión más geopolítica del rol de las Fuerzas Armadas.

Rumores dentro del Ejército

Algunos analistas que mantienen contacto con personal activo reportan comentarios discretos entre mandos medios y altos, quienes:

  • Aseguran estar recibiendo instrucciones más orientadas a escenarios de conflicto externo.
  • Advierten sobre ejercicios que incluyen la simulación de ingreso de tropas extranjeras.
  • Mencionan una creciente presión política para mantener “el control territorial total”.

Si bien se trata de información no confirmada, el hecho de que estos rumores circulen dentro del Ejército es ya un dato relevante.

Lo que dicen los medios alternativos

Programas como Tras las Líneas y figuras como GAFE423 han planteado con seriedad una hipótesis incómoda:

“El Ejército Mexicano se está preparando no para invadir, sino para repeler una invasión.”

En su análisis, vinculan esta postura con las declaraciones públicas de Donald Trump y legisladores republicanos que han sugerido intervenir militarmente en México para combatir a los cárteles, incluso sin autorización del gobierno mexicano.

Según estos analistas, la Sedena podría estar anticipando un escenario de intervención “quirúrgica” por parte de Estados Unidos, y estar calibrando sus capacidades para evitarlo o, al menos, dificultarlo.

2. La realidad y los límites del discurso

Doctrina legal del Ejército Mexicano

Por Constitución, las Fuerzas Armadas están diseñadas para actuar dentro del territorio nacional. El Plan DN-I —dedicado a la defensa ante agresiones externas— nunca ha sido activado en la historia reciente, y solo puede ponerse en marcha mediante declaración oficial del Senado.

No hay despliegues defensivos reales

A pesar de los rumores y el discurso, no hay evidencia visible de una movilización militar con objetivos defensivos:

  • No se han instalado cuarteles avanzados en la frontera.
  • No hay reportes de compras masivas de equipo defensivo ni despliegue aéreo estratégico.
  • Las acciones continúan concentradas en seguridad pública, migración y combate al crimen.

La postura del gobierno

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara:

“Nuestro territorio es inviolable. Nuestra soberanía es inviolable. Podemos cooperar, pero nunca aceptaremos tropas estadounidenses en nuestro suelo.”

Sedena, por su parte, mantiene el discurso de colaboración, pero también ha endurecido el tono en cuanto a soberanía y autonomía operativa.

¿Y si es solo una narrativa?

Existe también otra lectura: que todo esto no es preparación real para un conflicto armado, sino una narrativa estratégica con fines internos:

  • Justificar un mayor presupuesto militar.
  • Expandir la militarización del territorio bajo el pretexto de seguridad nacional.
  • Generar cohesión interna en el Ejército ante un escenario político volátil.

3. Entre la sospecha y la evidencia

El Ejército Mexicano no está movilizando tropas, ni hay señales claras de preparación para una guerra.

Pero sí es cierto que:

  • El discurso ha cambiado.
  • Los entrenamientos se están adaptando.
  • Circulan rumores internos sobre escenarios de conflicto externo.

¿Es paranoia o prevención? ¿Narrativa política o preparación táctica?

Por ahora, la evidencia apunta más a lo segundo. Pero cuando las Fuerzas Armadas cambian su lógica, vale la pena al menos hacerse la pregunta.

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Pánico en Italia por la Subida de Precios de la Pasta: ¿Impactará en Estados Unidos?

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En Italia
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En Italia, la pasta es un asunto serio y fundamental en la vida diaria. Por lo tanto, no es sorprendente que los precios disparados de los espaguetis, fettuccinis, bucatinis y otros favoritos hayan causado pánico en Italia. Una inminente crisis de la pasta ha asustado tanto a los italianos que el gobierno ha convocado reuniones especiales para abordar el aumento de precios. Incluso los consumidores italianos enojados han llamado a una «huelga de pasta» para protestar contra los precios en aumento.

(más…)

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